jueves, 31 de mayo de 2012

Impuesto para la felicidad

Me pongo una sudadera, y decido salir, perderme así, sin prisa. Sólo yo puedo entenderlo. He deseado tanto todo esto... ¿Y ahora? Nada, ahora me encuentro sin nada, sin mi sueño. Pero, ¿era todo verdad lo que tanto había soñado? No quiero pensar en eso. Estoy fatal. Uf, no hay nada peor que encontrarse en una situación así. Todos hablamos mucho cuando nos cuentan cosas parecidas que les ocurren a otras personas. No sé por qué, pero nunca pensamos que puedan sucedernos a nosotros y, en cambio, el día menos pensado, ¡pam!, te toca a ti, como si te hubieras traído mala suerte tú sola. Joder, tienes que arreglar cuentas con tu orgullo y con tus ganas de seguir con él... ¡Pero no me apetece arreglar cuentas, me cago en la puta! ¡Qué coñazo! Siempre he sido una negada en matemáticas. ¡Y además, en el amor no existen ecuaciones ni operaciones matemáticas! No existe el contable de los sentimientos, ni el asesor financiero del amor. ¿Qué ocurre, que hay que pagar un impuesto para ser feliz?

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