domingo, 5 de febrero de 2012

Y te fuistes...

Estoy contigo, abrazada a ti, mis manos en tu pecho, y una mano tuya en mi cintura, agarrándome fuertemente, protegiéndome del mundo. De pies en mitad de una estación de tren, una de las bonitas de verdad, de las góticas en las que podrías pasarte una vida entera entre sus paredes, perdida y sin enterarte. Después, lentamente, me sueltas de tu abrazo, pero yo te mantengo la mano agarrada, como si no quisiera dejarte escapar, como si así pudiera retenerte a mi lado, y evitar que cojas ese tren que te va a separar de mí, al menos por un tiempo, si no por mucho tiempo. Lentamente llega el tren, echando humo, y anunciando con su pitido que  tan solo me quedan unos cuantos instantes a tu lado. Los paso así, agarrada de tu manos, mirándote a los ojos y sencillamente disfrutando con el contacto de tus dedos. El nuevo pitido del tren me despierta de mis ensoñaciones. Un último beso, en los labios cargado de sentimientos, y tu mano empieza a separarse de la mía, lentamente, como si no quisieras separarte de mí, pero supieras que tienes la obligación de hacerlo. Y cuando dejo de sentir el contacto, es como si me perdiese, como si estuviese de repente completamente desprotegida, tan solo porque tú te acabas de marchar. Se acaba de escapar el tren, y las lágrimas empiezan a escaparse de mis ojos, empezando a echarte ya de menos, y llorando como tantas veces más a lo largo de esos días lloré tu ausencia.

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