domingo, 1 de febrero de 2015

Como si no hubiera un mañana, o como si nos hubieramos vuelto locos, o como si al segundo siguiente supieramos que nuestros corazones iban a detenerse. Ibamos corriendo, riendo, bailando, saltando, y eramos tan grandes... Tanto, que las ciudades más bonitas del mundo se nos quedaban siempre pequeñas. Pasabamos por París, o mejor, París pasaba por nosotros, su ambiente, sus gentes, todo en un instante. Roma, di belle Roma, absorbíamos a cada instante toda la belleza que pudiera tener. 
Eramos grandes, tan grandes... Enormes. Y nada podía con nosotros.
Todo esto soñabamos en la cafetería de la esquina un domingo cualquiera de invierno, y nos hacíamos sentir tan especiales que todo lo demás dejaba de ser importante. Como en nuestros sueños.

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